Hospital Clínico Universidad de Chile
27/04/2026
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Violencia Escolar en Chile: Evidencia Internacional y Propuestas para una Política Pública Integrada en con Salud Mental

Chile enfrenta una convergencia de indicadores críticos en materia de salud mental infanto-juvenil y convivencia escolar que exigen una respuesta de política pública multisectorial y sostenida. Los datos disponibles son elocuentes: los reportes de violencia en establecimientos educacionales aumentaron un 14,2% en el primer trimestre de 2025 respecto al período anterior; el 63,3% de los estudiantes chilenos entre 10 y 18 años presentan indicadores de ansiedad; el 60,2% exhibe sintomatología depresiva; y 57 niños y adolescentes entre 10 y 17 años fallecieron por lesiones autoinfligidas durante 2024.

Estos indicadores no constituyen un problema exclusivamente escolar, sino una crisis de salud pública con determinantes estructurales que requieren abordaje intersectorial. La violencia escolar tiene raíces documentadas en la desregulación emocional no atendida, la exposición a violencia en contextos familiares y comunitarios, y las limitaciones sistémicas que enfrentan los docentes en términos de formación, equipamiento profesional y apoyo institucional. Atribuir a la escuela la responsabilidad exclusiva de contener estos fenómenos constituye un error de diagnóstico con consecuencias directas en la eficacia de las intervenciones.

La evidencia acumulada en múltiples países durante décadas permite identificar cuatro lecciones técnicas relevantes para el diseño de política pública. Primera, los programas con mayor efectividad son los de escuela completa (whole-school approach): aquellos que integran a docentes, familias, estudiantes y comunidad bajo un modelo de responsabilidad compartida, sin asignación de culpa individual. El programa noruego Olweus, desarrollado tras el suicidio de tres adolescentes víctimas de acoso en 1982, redujo la victimización hasta en un 64% en condiciones de implementación rigurosa y sostenida. El programa finlandés KiVa, implementado en el 90% de las escuelas primarias de Finlandia con respaldo estatal directo, mostró resultados positivos incluso en su versión adaptada aplicada en escuelas vulnerables de la Región Metropolitana de Chile.

Segunda, los programas de aprendizaje socioemocional (SEL), evaluados en más de un millón de niños en 53 países, muestran efectividad en la reducción del acoso, la conducta agresiva y el malestar emocional, con un perfil de costo-efectividad favorable y potencial de escalabilidad. Tercera, los enfoques pedagógicos informados en trauma (trauma-informed practices) representan un marco promisorio, aunque requieren mayor acumulación de evidencia empírica antes de sustentar su adopción como política nacional. Cuarta. y de mayor relevancia sistémica, ningún programa escolar logra sostenerse en el tiempo sin una arquitectura institucional que lo respalde: marco normativo, financiamiento protegido, formación continua de educadores, sistemas de información y articulación intersectorial efectiva.

En este punto, Chile presenta brechas estructurales significativas. El Ministerio de Educación y el Ministerio de Salud operan bajo lógicas, presupuestos e indicadores de gestión divergentes. El gasto público en salud mental no supera el 2,5% del presupuesto total de salud, cifra inferior a la mitad del umbral recomendado por la Organización Mundial de la Salud. No existe un sistema de vigilancia nacional sobre violencia escolar ni sobre salud mental infanto-juvenil con datos comparables y desagregados territorialmente. La formación inicial docente carece de competencias estandarizadas para el manejo de estas realidades. Los equipos de atención psicosocial presentes en los establecimientos son insuficientes en número, heterogéneos en formación y carecen de protocolos formales de derivación al sistema de salud. Los programas existentes, algunos con evidencia positiva, operan de manera fragmentada, con evaluaciones de impacto escasas e inconsistentes, y alta vulnerabilidad a los cambios de ciclo gubernamental.

El proyecto de ley de convivencia escolar actualmente en tramitación en el Senado constituye un avance normativo necesario, pero insuficiente si no incorpora disposiciones específicas en materia de rendición de cuentas, indicadores de proceso y resultado, y financiamiento basal garantizado. La regulación sin asignación de recursos opera como declaración de intenciones sin capacidad de implementación.

Sobre la base de la evidencia revisada, se proponen cinco líneas de acción técnica. Primera, desarrollo de un marco normativo que no solo prohíba conductas, sino que establezca obligaciones de acción preventiva con financiamiento asociado y mecanismos de fiscalización. Segunda, creación de una institucionalidad intersectorial con mandato explícito para educación, salud y protección social, que opere con objetivos compartidos, presupuesto integrado y métricas de coordinación. Tercera, implementación de un sistema nacional de vigilancia con datos abiertos, comparables y desagregados a nivel territorial, que permita monitoreo continuo y ajuste de políticas. Cuarta, estructuración de una oferta territorial de salud mental en atención primaria vinculada funcionalmente a los establecimientos educacionales, con Centros Comunitarios de Salud Mental (COSAM) fortalecidos y mecanismos de derivación garantizados, independientes de la localización geográfica del estudiante. Quinta, adopción de programas basados en evidencia con protocolos de fidelidad, evaluación local sistemática y mecanismos de sostenibilidad de largo plazo, priorizando establecimientos en contextos de vulnerabilidad.

La experiencia de países como Noruega, Finlandia, Suecia y Australia demuestra que esta transformación es técnicamente viable, pero requiere inversión sostenida en el tiempo, coordinación transversal entre sectores y el reconocimiento explícito del bienestar socioemocional de niños y adolescentes como condición habilitante del proceso educativo, y no como componente accesorio del mismo. La postergación de estas decisiones tiene costos medibles en términos de salud pública, desarrollo humano y cohesión social. La evidencia disponible justifica actuar con urgencia técnica y planificación rigurosa.

Por: Carta al Director, Dra. Juanita Villarroel

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